• Martin Urrutia

EL VISITANTE


A lo largo de mi vida, lograr cierta estabilidad me resultó muy complicado. Siempre fui desordenado en todos mis aspectos y mantener cierto equilibrio nunca fue fácil. Por esto era sorprendente que mi estudio aquella noche estuviera en completo orden. Este espacio, mi hogar dentro de mi casa, es una habitación cuadrada. Una de sus caras la ocupa casi en su totalidad un placard de madera, lugar salvaje e inhóspito del que me mantengo alejado. Dos bibliotecas enfrentadas en las paredes contiguas contienen mi amplia colección literaria y musical. Contra la cuarta pared, bajo una enorme ventana de rejas y cortinas negras que da a la calle, se encuentra mi escritorio, el cual inéditamente se encontraba impecable.

El inédito orden de mi habitación se trasladó también hacia la calle en la que vivo. Es un tranquilo barrio cordobés, con pequeñas casas que tienen impecables jardines verdes que contrastan perfectamente con el gris asfalto. Era una hermosa noche de principios de primavera, a finales de septiembre. Bajo la solemne iluminación del alumbrado público, no se escuchaba pasar un auto, una persona, un perro, ni siquiera los infaltables felinos nocturnos, a los que les encanta apropiarse de cada árbol disponible bajo la luz de las estrellas. Se encontraba en la fina línea entre la hermosa y pacífica quietud nocturna y el silencio siniestro que anticipa un mal venidero.

Me encontraba en otra de tantas pernoctadas, donde suelo dedicarme a buscar inspiración a lo largo y ancho de la infinidad de contenido subido en la famosa nube, cuando lo que había presentido, pero no querido asumir, ocurrió. Una estruendosa explosión logró detonar lo incorruptible que propiciaba el contexto. Completamente aturdido solo pude apoyar la espalda contra el respaldar de mi silla y observar a través de la ventana. Mis ojos enceguecieron al ver el espeso humo blanco que caía desde el cielo como si de una avalancha se tratase. Mi terror era tal que no pude ni siquiera cerrar la ventana, y sentí que el exceso de sangre en mi cabeza sacaría de sus órbitas a mis incrédulos ojos. A medida que el humo se fue esparciendo pude ver que la responsable de todo ese espectáculo era una pequeña nave espacial gris, que acababa de aterrizar en el medio de la calle.

El silencio volvió, y con él la tranquilidad nocturna, todo parecía ser normal de nuevo, de no ser por la pequeña nave estacionada frente a mi casa. A pesar de lo que acababa de ver, en ese momento me sorprendía que ningún vecino haya salido de su casa, aunque pensándolo mejor yo tampoco había podido moverme de mi asiento. Toda mi atención volvió al objeto extraterrestre cuando una parte de este comenzó a abrirse. Adentro había una brillante sala de control inundada de una luz amarilla, de la cual un pequeño y verde ser comenzó a salir. Reconozco con culpa que cuando vi a la criatura sentí una gran necesidad de vomitar, las cuales tragué con el contenido llegando casi a la raíz de mi lengua, lo que me produjo un ácido ardor en el pecho.

El pequeño ser, que no llegaba al metro de altura, con pasos largos y lentos, se acercó a mi ventana. Cuando llegó al lado de la reja vi directo a sus ojos por primera vez. Eran del negro más profundo que vi jamás, y aunque en el momento nunca había sentido algo tan ajeno a mí, ahora que lo pienso tenían algo familiar. En un acto que llamaré desmaterialización, atravesó la pared y entró en mi habitación. A esta altura de la situación mi miedo había desaparecido casi por completo, aunque mis piernas nunca pudieron dejar de temblar. El ser se acercó cada vez más a mí.

Debo haber intentado decir algo, pero nunca sentí el aire entrar a mis pulmones, y mi garganta no me respondió en ningún momento. Cuando el contacto físico era inminente, quede sorprendido de ser atravesado, tal como lo había sido mi ventana un momento atrás, por el extraño verde. Cerré los ojos lo más fuerte que pude, esperando que al abrirlos todo fuera como lo había sido antes de la aparición de la nave.

Para mi sorpresa, al reincorporarme todo era normal, demasiado normal. Los gatos estaban paseando, podía ver a mi vecino en su sillón mirando la televisión, los ruidos nocturnos habían regresado en su totalidad, y la horrible sensación de equilibrio había desaparecido. Corrí hacia la casa de al lado, y totalmente nervioso traté de explicarle a mi vecino lo ocurrido, pero atónitamente me dijo que toda la noche había tenido la ventana abierta y no había visto ni escuchado nada. Sumamente confundido volví a mi casa, tal vez lo había soñado, o imaginado, o había sido un viaje místico por un exceso de inspiración, aunque eso no tenía sentido.

Los recuerdos comenzaban a volverse cada vez más borrosos, y mis sensaciones iban cambiando a medida que pasaba el tiempo. Mi cuarto comenzó a sentirse más ajeno, al igual que mi calle, al igual que mis cosas, al igual que este relato que releo y releo buscando darle un cierre. Todo lo relacionado con el hombre verde tiene un sentido más familiar, pero me acuerdo lo lejano que parecía hace un rato. Creo que lo entiendo, todo tiene sentido, la tranquilidad, la nave, el humo blanco, ¿el extraterrestre?, yo, mis sentimientos, mis sensaciones, lo familiar, lo lejano, ahora lo entiendo y recuerdo todo, el proceso de apropiación corporal fue un éxito, ahora soy un nuevo habitante de este cuerpo, de este planeta, ahora ya se quien soy.


Por: Martín


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